martes, 13 de enero de 2009

Reminiscencias de un texto en pasado

El día que lo reconocí estaba tomando Coca-Cola. No yo, él. Me hubiera gustado imaginar en su aliento algo de ron con limón, pero no. Era Coca-Cola y hielo y ya. Estaba sentado en la barra con un cuaderno tapa blanda (de esos que son bien baratos y se pueden doblar como un telescopio) y un bolígrafo Kilométrico. Fumaba sin parar. Malboro rojo, creo. Sostenía el cigarro en la mano derecha y escribía con la izquierda. O apoyaba toda su cabeza en la mano derecha (sin soltar el cigarro) y escribía con la izquierda. Y entonces algunas cenizas le caían en el cabello. Y yo me moría ganas de quitárselas. De sacudirlo y darle un beso en ese lunar que tenía en el cuello, atrás, cerca de la oreja derecha.
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Bueno, digo que me hubiera muerto de ganas de hacer todas esas cosas si él en realidad estuviera allí. Sentado en la barra como digo, fumando como digo y tomando Coca-Cola como digo. Porque ocurre que aparece y desaparece en todas partes. Ahora, por ejemplo, está en el fondo de mi taza de té marca English Breakfast (pensar que gasté 50 bolívares fuertes en una jodida caja de té que sabe igual al Lipton, que es 3 veces más barato). Y, hace apenas media hora, estaba metido en Film&Arts (a quien ahora le dio por pasar publicidad porno entre el ballet, las mini series inglesas que tanto me gustan y los conciertos de música académica, una vaina incoherente y sin sentido, de verdad).
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Ayer fue lo mismo. No me dejó escribir en todo día y me obligó a soñar con él. Maldito gusano. Sería tan bueno decírtelo en tu cara: ERES-UN-MALDITO-GUSANO-VERDE-DE-CABEZA-ROJA-COME-PALMERAS. En mi colegio había miles de esos gusanos. Orugas, perdón. ERES-UNA-MALDITA-ORUGA. Las muy escurridizas te aterrizaban en el cabello y uno no se enteraba hasta que alguien te las estripaba en la cabeza. Memorias colegiales, sí señor. Sospecho que desde entonces me persigue. Aparece y desaparece en las cosas mas absurdas. Que, a fin de cuentas, terminan siendo las mejores.
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Por eso nada de esto (lo que escribo) tiene sentido. Ni hoy ni mañana ni pasado. Y no tiene sentido porque nunca lo tendrá, así como no lo tendrá porque no lo tiene. No le hace falta. Porque cuando llegues al punto final de esta oración (o de la próxima, no estoy segura) este texto ya no existirá. Habrá muerto. Será un sueño.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Anecdotario inservible III

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Lo que más me gusta de la semblanza de Nueva York del periodista norteamericano Gay Talese es la parte de los gatos. De cómo están en todos lados, de cómo hay unos que viven desde siempre en las tinieblas (acueductos y alcantarillas), de cómo se comen a las ratas de los puertos (lo que mejora la higiene de dichos puertos), de cómo una vez los hijoeputas pescadores enveneraron a los gatos del puerto y las ratas casi se los comen a ellos (bien hecho, por hijoeputas), de lo diferente que es un gato callejero de uno que tiene hogar (aunque ambos sean neoyorquinos), de cómo clasifica a los gatos en golfos, salvajes, bohemios, de medio tiempo y de tiempo completo, de cómo "cuando el tráfico disminuye y casi todos duermen empiezan a pulular los gatos". 

Esa frase de Talese me recuerda una esquina de Macaracuay que está repleta de gatos. Viven entre la montaña y la calle. Y maúllan durísimo cuando es de noche. Comen ratas y basura, tan ecológicos. La verdad, nunca he entendido por qué tantas personas detestan a los gatos. Me parece una cosa absurda. Son más bonitos que los perros, no babean y no huelen mal. A mí me gustan por culpa de Michelle Pfeiffer en Batman Returns, de Tim Burton. Y, la verdad, creo que ellos simpatizan conmigo. Lo digo porque la última vez que estuve en Macaracuay me persiguieron tres gatos durante más, mucho más, de 100 metros. Cuando me detenía, ellos se detenían. Si aceleraba el paso, ellos lo aceleraban también. Entonces, cuando finalmente me iba, no había rastro de ellos en la calle. Tampoco en la acera. Ni siquiera debajo de los carros. Desaparecieron mientras busqué algo en mi cartera o me eché el cabello hacia atrás. Y sólo quedaron sus ojos. La noche y sus ojos.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

miércoles, 5 de noviembre de 2008

YES, WE CAN


El hecho histórico: Yes, THEY can.

La pregunta: Can WE?

Habrá que esperar hasta el 23 de noviembre para saber la respuesta.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cuenta cuentos

Este año alguien me dejó elegir mi regalo de cumpleaños. Le dije que quería dos cuentos: El Príncipe Moro de Fernando Paz Castillo y Palabras al viento de Pedro Okura. Quiero compartir éste último. Es una cosa lindísima.
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Estos son mis versos y de quien los canta.
En ellos resuenan: el cielo, la tierra, la lengua del viento, y los cuatro rumbos del gran Universo.
Mañana, tal vez, yo estaré muerto,
quizá renacido en beyota
o pájaro,
pero estoy seguro seguirá mi canto,
en tanto tu boca
no olvide las trovas
que hoy suelto al v
aaaaaaaaaaai
aaaaaaaaaaaae
aaaaaaaaaaaaan
aaaaaaaaaaaaaaat
aaaaaaaaaaaaaaaao.


—Pedro Okura

domingo, 19 de octubre de 2008

Anecdotario inservible III

Tengo un kit de champú-enjuague-jabón de romero y menta que me recuerda Scarborough Fair de Simon&Garfunkel. Los del sur son todos poetas. Y tienen un humor del carajo. Sobre todo los argentinos.

martes, 30 de septiembre de 2008

Cuentos de bolsillo y suela de zapato

Váyalo, Topacio.
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Hey, te tengo un piropo. Un piropo demasiado bueno. Uno de los mejores piropos del mundo. Sí, de pana. No estoy jodiendo, te lo juro. Lo único chimbo es que no lo inventé yo. Es decir, estaba hablando de ti con un pana y llegamos juntos a esta conclusión, pues. Pero te lo estoy confensado, así que eso cuenta también. Y estoy respetando el derecho de autor. No te estoy cayendo a piropos mentirosos ni deshonestos. Así que más puntos extras para mí. Realmente eres la única persona a la que le diría esto. De verdad. O por lo menos eres la primera. Ajá, aquí va… Coño, ya va. Es que me pongo burda de nervioso. Voy. Eres Hey Jude de The Beatles. Sobre todo en la parte que dice na na na na na na naaaaaaaaaaa, na na na naaaaaaaaaaa, Hey Jude!
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Ésa es mi parte favorita de la canción... En realidad sólo quería decirte que me gustas mucho. MUCHO.
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Eso es todo.
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Creo que ésta ha sido la peor declaración de mi vida.
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¿Nos tomamos un café?

sábado, 27 de septiembre de 2008

martes, 9 de septiembre de 2008

Cosas nuestras

"La hora se detuvo antes
del instante esperado.
Allí quedaremos
como una estrella
dentro del vacío".
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Adriano González León, Cosas sueltas y secretas.
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Nunca llegaste a La Fallete. Te esperé allí hasta las 10:00 pm. Me quedé observando el cuadro que me recuerda a Rembrandt y ordené una copa de vino tinto. Siempre tinto. Me sentí como Julio Cortázar, cuando se quedó esperando a Franciso Massiani en algún café-bar de París hasta esa misma hora. Pancho me contó que aquella noche Julio se molestó muchísimo por la espera y que dijo algo así como “no quiero saber nada de Massiani más nunca”.
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Lo mismo digo yo. Salimos caminando de un cuento de Adriano González León una fría noche caraqueña y nos perdimos el uno del otro en plena avenida Bolívar. Somos una de esas cosas sueltas y secretas que relata Adriano. Una maldita estrella dentro del vacío. Un pisapapeles que deja escapar las hojas. La palabra que siempre se pierde en el párrafo. O que siempre regresa.
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No quiero saber nada más de ti.

O tal vez sí.

No, olvídalo. Mejor no.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Pobreza: la guerra no declarada

Foto: Kevin Carter
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"Nada te prepara para la guerra. Ni las películas, ni los libros. Uno no sabe cómo va a reaccionar, pero como en todo, uno se adapta y adquiere patologías. Uno va sintiendo miedo en diferentes índoles e intensidades. Te adaptas a la posibilidad de la guerra propia o próxima. Sin embargo, no hay que dejar que las cosas que uno ve se cicatricen. Yo creo en las llagas abiertas, en las heridas vivas. Las cicatrices son muy peligrosas. No quiero que la guerra sea una cosa abstracta, objetizable. Quiero que les duela".
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—Jon Lee Anderson, periodista norteamericano y reportero de guerra.

Cuando conocí a Jon Lee Anderson estaba comenzando a hacer mi trabajo de grado. Todavía no había caminado ningún barrio caraqueño, ni me había sentado largas horas a conversar con las protagonistas (mujeres venezolanas que viven en pobreza en la Gran Caracas) de mi trabajo.
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Anderson visitaba Caracas con motivo de la presentación de su obra Che Guevara: Una vida revolucionaria. Recuerdo que compré el libro ese mismo día y que antes de entrar a la conferencia me tomé un par de cervezas con mis compañeras de periodismo en el Ateneo.
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Entonces entramos a la sala. Me sentía emocionada. Tenía al frente a uno de los grandes del periodismo. Casi podía olerlo. Quería que hablara por horas. Que me hiciera llorar con sus anécdotas. Que me dijera que sí, que ésta es un profesión malpagada y poco valorada, pero que vale la pena. Y así fue.
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No me di cuenta ese día, pero uno no puede imaginarse la guerra, uno no puede pretender que los barrios son de tal o cual forma, o que las personas (no gente, PERSONAS) que viven en los barrios son de tal o cual forma. No. Uno tiene verlo, sentirlo, olerlo, escucharlo, tocarlo, vivirlo, llorarlo, sufrirlo. Sobre todo cuando la intención es contarlo. Sólo se puede escribir sobre la guerra estando en la guerra. No existe otra forma.
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Y cuando uno está en la guerra, cuando uno la vive, cambia para siempre. El mundo ya no es el mismo, tampoco las personas que habitan en él. Todo cobra un nuevo significado, una nueva apariencia. Es como cuando uno estudia cine o artes audiovisuales: el ojo cambia, se vuelve detallista, está atento a todo. La guerra tiene el mismo efecto, pero en todos los ámbitos de la vida. En todos los días, todas las horas, todos los minutos, todos los segundos.
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La pobreza es una guerra no declarada, una guerra ignorada. Siempre que haya personas muriendo de hambre, hay guerra. Cada vez que llueve y miles de venezolanos pierden sus casas, hay guerra. Cuando un niño no puede ir a la escuela porque no tiene dinero para comprar los útiles, hay guerra. Si hay desempleo, hay guerra.
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En Venezuela hay guerra.
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Lo digo porque tengo el cuerpo lleno de heridas.
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De heridas que me niego a cicatrizar.
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Hay cicatrices de sobra en este país.
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PD: Durante la conferencia Anderson nos contó que Kevin Carter, el fotógrafo que tomó la foto del niño con el buitre (foto que, por cierto, ganó el Premio Pulitzer en 1994) se suicidó después de tomar la foto porque no hizo nada al respecto. Es decir, tomó la fotografía y dejó al niño allí.
OJO, no estoy acusando a Carter de nada. Sólo estoy contando lo que, según Anderson, sucedió. Eso es todo.